Diabetes en niños y niñas (diabetes infantil)


La diabetes es una enfermedad crónica que se produce por tener una insuficiente producción de la hormona insulina, encargada de mantener los niveles de glucosa en la sangre (índice glucémico) en niveles normales y constantes. Alrededor del 90% y 95% de los niños y niñas padecen diabetes mellitus tipo 1, una condición en la que el propio sistema de defensa del cuerpo (el sistema inmunológico) ataca y destruye las células beta del páncreas que son las que generan la insulina y evitan que ésta sea producida. Desde que se comienza el proceso, el sistema inmune puede tardar alrededor de 2 años en destruir cerca del 80% de las células beta. De allí la importancia de la detección temprana y oportuna de esta enfermedad.

No es clara la razón en cuanto a que el sistema inmunológico decide atacar este tejido, pero se sabe que está involucrado un código genético específico que es hereditario y se encuentra más frecuentemente en las personas de raza blanca (caucásicos) o con parientes de la misma. Este código, inscrito en el ADN, se presenta en cinco niños cada 100 mil que nazcan. Quien nace con este código genético desarrollará diabetes mellitus tipo 1 en algún momento de su vida, muy probablemente entre los dos meses de edad y los treinta años.

Entre el 5% y el 10% de los niños diabéticos restantes sufren diabetes mellitus tipo 2, que es una condición en la que la insulina no desaparece del todo, pero no es producida lo suficiente o no es capaz de regular la glucosa en la sangre. Se sabe que este tipo de diabetes también tiene factores hereditarios asociados o malas costumbres, como la mala alimentación, obesidad y sedentarismo, los cuales ejercen un papel importante en la aparición de esta enfermedad, y por supuesto su empeoramiento en caso de no corregir estos malos hábitos, que a veces se "heredan" de manera indirecta.



Cada célula y por supuesto cada tejido de nuestro cuerpo requieren de aportes energéticos para funcionar y estar en óptimas condiciones, para poder así cumplir las distintas funciones o tareas, para poder renovarse y mantenerse sanos. Dicha energía la obtenemos de los alimentos que consumimos a diario, mismos que a través del proceso digestivo son digeridos a través de la hidrólisis, en moléculas más pequeñas para su posterior absorción principalmente a través del intestino delgado. En este caso, los carbohidratos (glúcidos) consumidos serán convertidos en glucosa, misma que se encarga de alimentar a las distintas células de nuestro organismo. Cabe resaltar que los carbohidratos simples la proveen de una manera más rápida, mientras que los carbohidratos complejos de una forma lenta y constante (que es lo ideal). Entonces, la insulina es algo así como una "llave" que se libera al detectar glucosa en la sangre, para poder así permitir su entrada a las células que la requieren. Entonces, si la insulina no es secretada, o lo es pero en muy bajas cantidades, la glucosa no tiene como entrar a las células, lo cual hace que éstas empiecen a sentirse débiles. Esto también ocasiona que quede mucha glucosa libre en el torrente sanguíneo, alterando la presión osmótica, generando dolores de cabeza, mareos, entre otras molestias.

Ante la situación mencionada, el cuerpo, tratando de corregir esa "hambruna generalizada", ordena al hígado a vaciar una gran cantidad del glucógeno almacenado, desdoblándolo hasta ser convertido en glucosa y poder ser enviada a la sangre. La hormona encargada de dar esta orden es el glucagón. Pero claro, como igualmente sigue sin haber insulina, esta glucosa proveniente del hígado más la que obtuvimos de los carbohidratos se irá acumulando más y más en el torrente sanguíneo, no teniendo de otra el organismo, por medio de un proceso de ósmosis, de absorber todo el líquido que se encuentra dentro de las células, deshidratándolas y llevándolas a un estado de caos, sin fuentes energéticas y sin líquido (agua). Y lo peor, es que como respuesta a la carencia de energía, la grasa del cuerpo se degrada en forma de cúmulos energéticos o ATP, ácido láctico y cetonas, que contaminan y acidifican la sangre, posiblemente hasta valores casi mortales, recordando que una alteración del pH sanguíneo muy alta, puede causar la muerte de la persona.



Los síntomas son bastante notables:

- Apetito insaciable.

- Pérdida de peso a pesar de una gran ingesta de alimentos.

- Sed permanente.

- Micciones frecuentes.

- Cambios de humor en el niño.

Dada la gravedad de una diabetes no tratada, ante cualquier antecedente de diabetes en la familia, es recomendado realizar exámenes periódicos de glucosa en sangre, para descarta que la enfermedad haya comenzado a manifestarse. Si se sospecha un problema de glucemia, se debe acudir inmediatamente al pediatra. Él se encargará de remitir al niño o niña a un endocrinólogo infantil, en caso de ser necesario. De ser confirmada una diabetes, hoy en día los centros médicos cuentan con nutricionistas, psicólogos, enfermeras y en general, profesionales especializados en este tema, que ayudarán a los infantes a mantener un crecimiento normal y llevar una vida sana y plena.

Tratamiento contra la diabetes infantil:

Siempre se requiere de la aplicación de insulina, sin importar la edad del niño. Es importante que el infante aprenda desde temprana edad que esto es y será parte de su vida, y que asuma la aplicación de su dosis diaria como algo tan normal y cotidiano como lavarse los dientes, comer o dormir. Esa sola aplicación de insulina detiene el desastre que significa la carencia de esta hormona en el organismo. Se les debe enseñar a comer de manera saludable (evitando a toda costa los carbohidratos simples de bajo valor nutricional y alto contenido calórico como las golosinas, pasteles, postres, helados, salsas, gaseosas, etc.), a ejercitarse de manera regular, a evitar los excesos, ya que son acciones que mejorarán la calidad de vida del niño o la niña.

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