Tuberculosis: síntomas y tratamientos


Aún con los avances médicos hasta el momento, la tuberculosis no se ha logrado erradicar. Esta enfermedad puede impactar otros órganos a parte de los pulmones. La vacuna debe ser aplicada al nacer. La bacteria que ocasiona esta enfermedad es capaz de reproducirse de manera lenta y a veces silenciosa, evadiendo el ataque del sistema inmune, siendo capaz de destruir los pulmones formando peligrosas cavernas. La mycobacterium tuberculosis, causante de la infección respiratoria, es tan resistente que continúa complicando la vida de muchas personas, ya que sigue contagiando a muchos, de los cuales un gran porcentaje mueren. Tanto es así, que la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha catalogado a la tuberculosis como una de las enfermedades infecciosas más letales y como la segunda causa de muerte después del VIH.

La tuberculosis es altamente contagiosa. Se puede pasar de boca a boca al hablar, toser, estornudar, cantar, a través de los aires acondicionados centrales o equipos médicos que no han sido debidamente esterilizados, y en general por el contacto de secreciones respiratorias. Los más afectados son los niños, los adultos mayores y los pacientes inmunosuprimidos (VIH, enfermedad renal, diabetes, parasitismo, trasplantes, lupus) por tener compromiso del sistema inmune. Por lo anterior, aun con la existencia de una vacuna y con las campañas de promoción y prevención, se asegura que la enfermedad resulta muy difícil de controlar, al punto que ha marcado un hito en la medicina, ya que hasta ahora no se ha logrado erradicar.



Uno de los factores que incide en la dificultad del manejo de la tuberculosis es que hay quienes pueden estar en contacto con enfermos y contagiarse, pero no desarrollar síntomas en años luego de enfermar en cualquier momento. De ahí la necesidad de realizar una baciloscopia, la cual a través de un cultivo de esputo durante dos o tres meses en el laboratorio, establece si la persona ha tenido contacto con la bacteria o bacilo de Koch alguna vez en su vida. Otras formas de determinar la presencia de la bacteria es por medio de la prueba de esputo (en la que el paciente tose sobre un recipiente estéril para analizar la muestra de flema en el laboratorio) o en pacientes que no expectoran espontáneamente con la inducción del esputo a través de inhalaciones o nebulizaciones que facilitan la expulsión de la flema.

Pero, la prueba reina para detectar el contagio de tuberculosis es la tuberculina o PPD, que se realiza mediante una inyección de una mínima cantidad de un derivado proteico de la bacteria previamente purificado, que se aplica a nivel subcutáneo en el brazo, caso en el cual se forma una roncha que desaparece después de unas horas. El paciente regresa al laboratorio a las 48 o 72 horas para determinar qué tan fuerte fue la reacción. Tal como lo aclaran algunos médicos, los pacientes inmunosuprimidos se consideran positivos cuando el resultado es mayor o igual a cinco milímetros y el resto de la población, si es mayor o igual a diez. Esto quiere decir que en el sitio de punción se ha formado un área inflamada y endurecida de ese diámetro. El lavado broncoalveolar y la broncoscopia, en la que con equipos especiales se toma una muestra de las secreciones de los pulmones o los bronquios, respectivamente, son otras alternativas viables al diagnóstico.

Protocolo de manejo:

La tuberculosis, aparte de comprometer pulmones, puede afectar también órganos como el cerebro, el hígado, los huesos y los ojos, entre otros. De forma que si no se controla a tiempo, la persona puede quedar conectada a un tanque de oxígeno de por vida o morir. En caso de tener un resultado positivo, el protocolo de manejo indica que en los pacientes inmunosuprimidos primero se controle la patología base (VIH, diabetes, etc.). El tratamiento debe ser prolongado (al menos por seis meses) y supervisado. Consiste en el suministro de antibióticos tetraconjugados, es decir, cuatro antibióticos en una sola tableta, una vez al día, de lunes a sábado durante dos meses. Los cuatro meses siguientes la dosis se reduce a tres veces por semana. Pero el paciente debe asistir al centro asistencial para tomarlos en presencia de personal médica para garantizar su efectividad.

De esta forma, si la bacteria es sensible a los fármacos y se toman con disciplina, se garantiza una posibilidad de cura del 90%. Pero aún así, es posible que algunos pacientes generen resistencia a los medicamentos cuando se han tomado antibióticos para otras infecciones, realizando tratamientos incompletos o en dosis inadecuadas o la carga bacterial es muy alta. En adultos y niños que están infectados (PPD positivo) pero no han tenido síntomas, está indicado el uso de fármacos que evitan que se desarrolle la enfermedad. Sin embargo, teniendo en cuenta la edad y las enfermedades de base, se evalúa si la medicación les conviene, de acuerdo con su estado inmune, ya que no necesariamente van a enfermar. Así mismo, en adultos que han tenido contacto con enfermos, pero que el PPD es negativo, hay que hacer seguimiento.

La alimentación es vital en el paciente con tuberculosis, por cuanto fortalece el sistema inmune. Se recomienda entonces la ingesta de proteínas como huevo, carne, pescado asado, pollo, fríjoles y lentejas (siempre y cuando éstas no generen flatulencias). En los niños con desnutrición están indicados los suplementos.

¿La tuberculosis se puede prevenir?



La mejor forma de prevención de las enfermedades son las vacunas. Y la tuberculosis cuenta con una vacuna, que según el protocolo se debe aplicar en dosis única al momento de nacer. Eso sí, hay que evaluar la historia familiar del paciente, pues si hay antecedentes de VIH, por ejemplo, su aplicación representaría un alto riesgo inmunológico de que se disemine la infección y el bebé muera.

Sin embargo, la vacuna tampoco es ideal. No protege en todos los casos ni con la misma potencia. Su mayor ventaja la ofrece en pacientes en los que la bacteria se ha diseminado a otros órganos, en quienes tiene un 80% de efectividad, pues en personas en las que solo ha afectado los pulmones solo protege un 50%, aproximadamente.

Señales de alerta:
En niños: pérdida de peso, desnutrición, falta de apetito, retardo en el desarrollo psicomotor o la talla, disminución del nivel de actividad, decaimiento, fiebre y tos seca con flema.

En adultos: pérdida de peso, fiebre y sudoración nocturnas, dolor torácico y tos con o sin flema o, en casos severos, con sangre, que permanece por más de dos semanas.

En adultos mayores: irritabilidad, ganglios inflamados, pérdida de peso, desnutrición y fiebre.

En paciente inmunodeprimidos: fiebre.

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